Hoy no es un día triste, porque la muerte no puede arrancarnos y romper los lazos del amor de Dios y de la vida.
Es un día de añoranza enternecida, de sonrisas agradecidas, de bellos recuerdos y una jornada especialmente dedicada a la oración por quienes han fallecido y a la memoria de los seres queridos que ya no están físicamente entre nosotros.
Rezamos por todas las almas, para que Cristo resucitado les lleve al seno de su infinito amor. Porque el amor no termina con la ausencia. Nuestra oración, unida a las obras de caridad, es también una forma de seguir amándolos y de acompañarlos en su camino hacia la plenitud de Dios.
«Concédeles, Señor, el descanso eterno,
y que les ilumine tu luz perpetua.
Que sus almas y las almas de todos los fieles difuntos,
por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.»
Hoy hacemos presente en la celebración eucarística a quienes han fallecido y mantenemos viva la relación con ellos a través de la fe.
«Concédeles, Señor, el descanso eterno,
y que les ilumine tu luz perpetua.
Que sus almas y las almas de todos los fieles difuntos,
por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.»
Hoy encendemos las llamas de un fuego de amor que nos une con las personas que se han ido.
Que el recuerdo se convierta en oración y la esperanza nos recuerde que el amor es más fuerte que la muerte.
«Yo soy la resurrección y la vida -dice el Señor-; quien cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que vive y cree en Mí no morirá eternamente» (Juan 11, 25-26)







