Comentario al Evangelio del II Domingo Tiempo Ordinario. 20 de Enero 2013


Jn 2,1-11
Por Dolores Aleixandre. Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús.




Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. Fueron invitados también a la boda Jesús y sus discípulos, y faltando el vino, la Madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “¿Qué nos va a ti y a mí, mujer? Mi hora aún no ha llegado”. La Madre dijo a los sirvientes: “Haced lo que Él os diga”. Había allí seis tinajas de piedra para las purificaciones de los judíos con una capacidad de dos o tres metretas cada una. Jesús les dijo: “Llenad de agua las tinajas”. Y las llenaron hasta el borde. Les dijo entonces: “Sacad ahora y llevad al maestresala”. Así lo hicieron. En cuanto el maestresala probó el agua convertida en vino —no sabía de dónde era, aunque sí lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua—, llamó al esposo y le dijo:

“Todos sirven primero el vino bueno y cuando han bebido bastante sacan el de peor calidad. Tú has guardado el vino bueno hasta ahora”.

Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de los signos con el que manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en Él.
 

El mejor de los vinos

Mi padre fue comerciante de vinos en Caná de Galilea y, desde pequeño, me habitué a escucharle dar su opinión al catarlos, después de permanecer unos instantes con los ojos cerrados para concentrarse en el sabor y el aroma de lo que probaba:
- " Este  resulta muy afrutado..., este, demasiado áspero..., éste es de una cosecha espléndida..."

Sin darme cuenta fui aprendiendo yo también y, con el paso de los años, me hice indispensable en los banquetes y fiestas, no sólo de Caná sino de toda la comarca y, a veces, hasta de fuera de Galilea. Por eso, cuando Ana y Bartolomé, dos jóvenes de Caná, decidieron casarse y me pidieron que hiciera de maestresala en el banquete de su boda, acepté con gusto: conocía a los padres de ambos, comerciantes de buena posición, y estaba seguro de que no iban a regatear nada con tal de que la celebración fuera un éxito y los convidados estuvieran satisfechos.

Habíamos preparado todo con esplendidez, incluso por encima del cálculo de invitados que esperábamos, pero cuando me di cuenta de que faltaba sitio en las mesas y que iba entrando más gente de la prevista, empecé a preocuparme. Vi a María de Nazaret, una amiga de la madre del novio y que por supuesto estaba convidada, pero, junto a ella, apareció también su hijo Jesús con su grupo de amigos inseparables, y cuando los vi llegar pensé: "Como cada invitado se traiga a sus parientes y a los amigos de sus parientes, las previsiones se nos vienen abajo..."

Y eso fue lo que ocurrió: empezó a faltar vino y los sirvientes iban y venían nerviosos entre la gente, con sus jarras vacías. Yo estaba medio furioso medio avergonzado, pensando no sólo en mi fracaso, sino sobre todo en el disgusto de los novios y sus familias, que iban a ser recordadas como tacañas o, al menos, como poco previsoras, y su alegría se iba a ahogar en el agua, que era la única bebida que ya podíamos servir.

Vino para alegrar la fiesta
De pronto, un sirviente se me acercó con un cacillo lleno de vino y me dijo que lo probara: lo hice y ¡era el mejor de cuantos había probado en mi vida! ¿Qué estaba ocurriendo? Me dirigí muy alterado hacia el novio y lo encontré con una copa en la mano.

-“¿De dónde ha salido este vino?", le pregunté, -"¿Por qué no me has avisado de que guardabas para el final este vino, infinitamente mejor que el que hemos servido al principio? Y si lo tenías, ¿cómo has permitido que pasáramos tan malos momentos, pensando que se había acabado?". Se echó a reír mientras apuraba el contenido de la copa y me di cuenta de que el vino comenzaba a hacerle efecto. – “Sé tanto como tú", me dijo, “pero te aseguro que me da igual, que beban todos y se embriaguen en este día inolvidable..."

Yo seguía asombrado y busqué al sirviente que me había traído el vino: me contó que habían notado inquieta a María, la de Nazaret, al darse cuenta de que escaseaba el vino y la vieron hablando en voz baja con su hijo que, al parecer, hizo un gesto de desentenderse del asunto. Entonces ella, inesperadamente, se acercó a los servidores y les susurró: -"Mi hijo va a hablar con vosotros, hacedle caso aunque os parezca extraño lo que os diga. Fiaos de él y hacedlo." Entonces Jesús se levantó y les ordenó que llenaran de agua las tinajas: ellos, aunque atónitos, le obedecieron, y fue entonces cuando les dijo que me lo dieran a probar a mí.

El festín mesiánico
Miré a Jesús sentado entre su gente, bebiendo y riéndose como todos, y de pronto me vinieron a la memoria palabras del Cantar de los Cantares que había escuchado más de una vez en la sinagoga:
“Ya vengo a mi jardín, hermana y novia mía,
a recoger mi bálsamo y mi mirra,
a comer de mi miel y mi panal,
a beber de mi leche y de mi vino.
Compañeros, comed y bebed,
y embriagaos, amigos míos.”(Cant 5,1)

¿No sería esta abundancia de vino un signo de los tiempos definitivos, de los desposorios de Dios con su pueblo? ¿No estaría llegando hasta nuestro pequeño rincón de Galilea la primera ráfaga del viento mesiánico, el anuncio de que habían acabado los tiempos de escasez y estábamos entrando en la era de la esplendidez y del derroche?

No me atreví a acercarme a Jesús, ni a intentar desvelar su secreto: pensé que lo importante no era saber sino saborear, no dominar ni controlar, sino asombrarnos, admirarnos, abrirnos a la irrupción del gozo y de la gratuidad.
Y acogerlo con la alegría desbordante de la novia que espera radiante la llegada del novio, y recibe de sus manos la copa del mejor vino de bodas.
Vino y pan en la Biblia.

El Antiguo Testamento nos suministra una leyenda sobre el origen del vino, inventado por Noé después del diluvio (Gen 9,18-28). El relato nos enseña dos cosas: primera, que el vino es espada de doble filo porque da alegría y quita el sentido, el vino despoja y deja inerme; segunda, que el vino o la vid, inaugura etapas decisivas: la era después del diluvio, la entrada en la tierra prometida, que ostenta sus frutos en un gigantesco racimo, la era de Cristo inaugurada en su pasión, apuntando a su consumación celeste.

El pan es humilde y sencillo, no se da importancia, se entrega sin presunción ni resistencia. El vino es la poesía, la propina, la fiesta. Pan y agua son indispensables pero cuando se agasaja o festeja a una persona, se le ofrece pan y vino que equivale a convite, banquete. La palabra “propina” viene de pino, beber. Representa lo inútil de la vida y que, sin embargo, le da sentido y, sin ello, la vida quizá no valga la pena; lo inútil puede ser más importante que lo útil. El vino representa la poesía junto a la prosa; es como el color frente a un mundo en blanco y negro; es la música frente a rumores y ruidos; es la danza frente al caminar; es el juego frente al trabajo; es el arte y la artesanía frente a la simple técnica; es el humor frente a la seriedad. “¿Qué vida es cuando falta el vino, que fue creado al principio para alegrar?” (Eclo 31,33)

El vino nuevo simboliza la novedad que trae Jesús: Lucas reconoce la dificultad de adaptarse a la nueva realidad. “Nadie, acostumbrado al vino de siempre, quiere uno nuevo porque dice: Bueno está el de siempre” (Lc 3, 39)

Porque el vino significa el amor y tiene color de sangre, representa también el sacrificio, especialmente el sacrificio por amor, y nos sugiere la misteriosa relación que en el hombre tienen ambas cosas. No es auténtico el amor que rehúsa sacrificarse; no es valioso el sacrificio que no nace del amor.

Tiempo para orar

Sitúate en Caná y colócate junto a una de las enormes tinajas de piedra llenas de agua que Juan, intencionadamente, dice que eran “de piedra, destinadas a las purificaciones de los judíos”. Es su manera de hacer ver la rigidez pétrea y la inutilidad del agua a la hora de animar una fiesta. Siente todo lo que hay de agua encerrada e inmóvil en tu vida, todo aquello a lo que quizá das valor de “purificarte” o acercarte a Dios, pero que te deja frío y es tan incapaz como la piedra de movilizar tu vida.

Contempla después la sala de bodas, después de haber circulado entre los invitados el vino que contienen ahora las tinajas: la preocupación se ha convertido en júbilo, hay una comunicación expansiva, se brinda por los novios...

Reconoce y agradece todo lo que en tu vida se parece al vino, lo que te dilata y anima, lo que te da sentido de fiesta. Acércate a María y cuéntaselo. Pídele que te acompañe hasta donde está Jesús y que le susurre: “No tiene vino..., pero quiere hacer lo que tú le digas.” Quédate un rato bajo la mirada de los dos.

Tiempo para compartir en familia, en grupo
Hoy es una buena ocasión para profundizar en el sentido de los signos que hacía Jesús, recorriendo algunos de ellos y haciendo ver que lo importante no es que haga algo "milagroso", sino qué es lo que provocan: alegría, abundancia, sanación, reconstrucción de las personas etc.
Repasar el contexto festivo y de abundancia de los relatos evangélicos de comidas (Lc 5,27; 19,1-10;24,13-35.36-52...)  y sacar consecuencias para nuestro talante cristiano hoy.


Por Dolores Aleixandre. Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús.

Tomado de: http://www.rscjinternational.org/content/view/532/38/



Videoclip de Mayte López,  como ella misma nos dice: "Se trata de una versión libre y actualizada del pasaje de las bodas de Caná que pretende, a través del texto, la música y las palabras, mover al deseo de identificación con Jesús así como provocar la reflexión sobre la propia vocación (sea cual sea) en clave de radicalidad. Ha sido realizado por Pablo Moreno y el equipo de Contracorriente producciones."



 




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