La Asunción de María renueva nuestra esperanza


En la solemnidad de la Asunción celebramos que la Virgen María después de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. “Sólo la perspectiva de la eternidad puede dar valor auténtico a los acontecimientos históricos y sobre todo al misterio de la fragilidad humana, del sufrimiento y de la muerte. Contemplando a María en la gloria celestial, comprendemos que… aun entre las numerosas dificultades diarias, no debemos perder la serenidad y la paz. La señal luminosa de la Virgen María elevada al cielo brilla aún más cuando parecen acumularse en el horizonte sombras tristes de dolor y violencia. Tenemos la certeza de que desde lo alto María sigue nuestros pasos con dulce preocupación, nos tranquiliza en los momentos de oscuridad y tempestad, nos serena con su mano maternal. Sostenidos por esta certeza, prosigamos confiados nuestro camino de compromiso cristiano adonde nos lleva la Providencia. Sigamos adelante en nuestra vida guiados por María. ¡Gracias!” (Benedicto XVI)



Es una fiesta muy arraigada en el pueblo cristiano, ya desde los primeros siglos del cristianismo. Como es sabido, en ella se celebra la glorificación, también corporal, de la criatura que Dios se escogió como Madre y que Jesús en la cruz dio como Madre a toda la humanidad”. (Benedicto XVI)


Este Dogma –verdad de fe propuesta por la Iglesia como realmente revelada por Dios- fue proclamado por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950. No obstante, como dice nuestro papa emérito, este Misterio tiene una veneradísima tradición en España desde los primeros siglos, muchas de nuestras iglesias en toda la geografía española desde hace siglos tienen esta advocación o las del Tránsito o Coronación de la Virgen (que son como expresiones del mismo misterio). El Dogma fue solicitado a Pío IX por Isabel II en 1864 y finalmente definido en 1950.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que "La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos" (CIC 966).

La Asunción de María, por tanto, nos revela la relación entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.


La Constitución Lumen Gentium del Vaticano II en LG 59 nos dice "Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte".

El Papa Juan Pablo II, en una de sus Catequesis sobre la Asunción el 2 de julio de 1997, explica esto mismo en los siguientes términos: "El dogma de la Asunción afirma que el cuerpo de María fue glorificado después de su muerte. En efecto, mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio" Y abundando sobre la misma idea de que en María se anticipa nuestra propia resurrección incide en que "contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto a la humanidad: después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos"... María Santísima nos muestra el destino final de quienes “oyen la Palabra de Dios y la cumplen” (Lc. 11, 28). Nos estimula a elevar nuestra mirada a las alturas, donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial" (15 de agosto de 1997)

En medio de nuestro verano, el misterio de la Asunción de María al Cielo nos invita a hacer una pausa en la agitada vida que llevamos para reflexionar sobre el sentido de nuestra vida aquí en la tierra y sobre nuestro fin último: la Vida Eterna. Contemplar este misterio renueva nuestra esperanza.

Para profundizar más en este misterio de María, de nuestra fe, estímulo de nuestra esperanza que nos invita la Iglesia a contemplar en este precioso día de mitad de Agosto podéis pinchar en los siguientes enlaces


De Benedicto XVI
(Miércoles, 16 de agosto de 2006)

De Juan Pablo II
(Catequesis, Miércoles 2 de julio de 1997)





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