"¡Qué pequeña eres y que influencia tan grande tienes! (S. Juan Pablo II)


La Biblia, en el libro del Éxodo, nos cuenta que una columna guiaba al pueblo de Dios por el desierto desde la esclavitud hacia la tierra prometida. Imagen de esa columna es el Pilar de Zaragoza que ha recibido a través de los siglos la fe de nuestros padres y nuestra madre María que la preside ha amparado a cuantos a ella se han dirigido. Siempre tiene gentes, venidas de todas las partes de España y aún más allá, para venerar este sagrado lugar donde reside María, la Madre, la Señora, siempre con los brazos y el corazón abiertos para bendecir, amparar, y consolar.




Desde muy antiguo se venera a la Virgen María del Pilar en Zaragoza y desde muy antiguo también se levantó en su honor una sencilla capilla que, con el tiempo, fue dando lugar al templo mariano donde hoy recibe visitas de todos los cristianos venidos de todas partes del mundo.

Le llaman el Templo de la raza porque marca los hitos por los que se mueve la fe en España y en los pueblos que de los españoles recibieron la fe de Jesucristo y el amor hacia su Madre. Dijo Juan Pablo II en una de sus visitas al Pilar: "Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido."

Allá por el año 40 cuando todavía María vivía en carne mortal, al despedirse el Apóstol Santiago a predicar la fe de Jesucristo, le prometió la Virgen que en aquel lugar donde más se convirtieran a su Hijo se le manifestaría ella.

Al llegar a las riberas del Ebro en Cesaraugusta -la actual Zaragoza- "se convirtieron siete hombres para la fe de Cristo". La Virgen María cumplió su promesa y se le apareció trayendo una columna y rogándole que edificaran una capilla donde fuera adorado su Hijo Jesucristo por todos los siglos y le prometió "milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo".

Cada día ante nuestra Madre, la Virgen del Pilar, miles de corazones se postran en este privilegiado lugar de oración, de recepción de sacramentos, de vivencia de nuestra fe. Entre los grandes prodigios obrados por su medio recordemos dos: El acaecido el 1637 con Miguel Pellicer, vecino de Calanda a quien le devolvió la pierna sana después de que la tuviera tres años y cinco meses enterrada. Otro prodigio es más reciente: El 3 de agosto de 1936, entre los desastres de nuestra horrible Guerra, tres bombas cayeron sobre el templo. Una cayó enfrente de la Basílica que no causó desperfecto alguno y las otras dos sobre la misma Santa Capilla, sin explotar.

"¡Qué pequeña eres, pero qué influencia tan grande tienes!" dijo Juan Pablo II en una de sus visitas a la Virgen de la columna.
Los 38 cm. de la imagen de la Virgen del Pilar, sobre una columna de jaspe de 1.77 m., parecen la viva expresión material del Magnificat: "Ha mirado la pequeñez de su sierva… Ha hecho grandes obras por mi".

Hoy en la Eucaristía se proclamará como primera lectura de la misa los versículos 12-14 del capítulo 1 de los Hechos de los apóstoles. Después de enumerar a los once apóstoles, Lucas nos dice que estaban en oración con "María, la madre de Jesús". Presencia aparentemente discreta, de segundo plano. María, sencilla, como perdida entre apóstoles, discípulos y discípulas, pero ¡qué fuerza emana de esas palabras! Como semilla que germina y da fruto abundante.

El evangelio de hoy es también corto y significativo: una mujer que levanta la voz declarando dichosos el vientre y los pechos de la madre de Jesús. Y el mismo Jesús que replica: "Mejor: ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!" Elogio que se aplica en primer lugar y plenamente a María, la "dichosa por haber creído"; pero que se siente más dichosa todavía al poder "dar" a todos ese Jesús concebido en su vientre y alimentado a sus pechos.

María del Pilar, en su fiesta del 12 de octubre de 1492, se convierte en proa de nave misionera. Juan Pablo II, hizo un alto en Zaragoza el 10 de octubre de 1984 –recuerdo que allí pasé todo un día con 14 años para esperar al Papa-; iba camino de Santo Domingo para inaugurar la novena de años que iban a preparar la celebración de la llegada del cristianismo a tierras americanas. Dijo el Papa santo:
"Brilla aquí en la tradición firme y antiquísima del Pilar la dimensión apostólica de la Iglesia en todo su esplendor (…) La fe que los misioneros españoles llevaron a Hispanoamérica es una fe apostólica heredada de la fe de los apóstoles, según venerable tradición que aquí junto al Pilar tiene su asiento".



La columna sobre la que se mantiene, firme y erguida, la frágil imagen de la Virgen, está cargada de simbolismo. Evoca la columna de fuego que, de noche, guiaba a los israelitas por el desierto. "Faro esplendente", la llama el himno a la Virgen del Pilar, es decir, la que, en las noches oscuras de los cristianos, mantiene viva la luz de la fe. La columna evoca también la solidez del edificio de la Iglesia, siempre perseguida, pero siempre en pie, manteniendo la esperanza del que, como dice también el himno, "se abraza a tu Pilar", Virgen María.
El himno nos dice también que ese pilar ha sido un "rico presente de caridad" del amor de Dios, que nunca desampara a su pueblo en los momentos difíciles.




Hoy le pedimos por nuestra patria, nuestra España, la de María, la Virgen del Pilar y le encomendamos nuestros afanes y le encomendamos a todos los excluidos, a todos los que lo están pasando mal por nuestra falta de claridad, de caridad, por nuestra falta de justicia y le pedimos que nos ayude a inventar, a atrevernos, a crear un mundo distinto, una España nueva en la que todos tengamos cabida, haya oportunidades para todos y caminemos unidos a la Gran Fraternidad de los Hijos de Dios.


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