Oración en la clausura del Año de la Fe


El Domingo celebramos la Solemnidad de Cristo Rey, el día señalado por Benedicto XVI para clausurar el Año de la Fe. Damos gracias a Dios por este año de gracia que hemos vivido y le encomendamos nuestro camino y la tarea de ser una Iglesia
que vive, reza y trabaja en clave misionera. Tomamos una oración del sacerdote valenciano Antonio Díaz Tortajada publicada en la Revista Ecclesia.

Por Antonio DIAZ TORTAJADA
Sacerdote-periodista 







Señor y Padre nuestro,
dueño de la historia y de la eternidad.
Tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro.

Termina el Año de la Fe:
Este año que se clausura ha sido esa puerta abierta
por la que hemos entrado a la luz y a la amistad,
a la alegría, a la libertad, y a la confianza.

¡Cuánto necesitamos recuperar la puerta abierta en la vida¡
Concédenos, Padre nuestro, ser puertas abiertas
por donde entren y salgan nuestros hermanos los hombres.
Las puertas cerradas nos dañan, nos anquilosan,
nos separan y nos dividen.

Pasar esta puerta de la fe ha sido como un renacimiento
en el que hemos descubierto, unidos no solo a Jesucristo,
sino también a todos aquellos que han caminado y caminan
por el mismo camino, nuestro nuevo nacimiento,
que comienza con el Bautismo, y continúa en el curso de la vida.

Este año ha sido una invitación a cruzar el umbral de la fe
a dar un paso de decisión interna y libre,
a animarnos a entrar a una nueva vida.

Pasar esta puerta de la fe ha supuesto
emprender un camino que dura toda la vida.
Mientras, avanzamos delante de tantas puertas
que hoy en día se nos abren,
muchas de ellas puertas falsas,
puertas que invitan de manera muy atractiva
pero mentirosa a tomar un camino,
que prometen una felicidad vacía,
narcisista y con fecha de vencimiento;
puertas que nos llevan a encrucijadas
en las que, cualquiera que sea la opción que sigamos,
provocarán a corto o largo plazo angustia y desconcierto,
puertas autorreferenciales que se agotan en sí mismas
y sin garantía de futuro.

Pasar esta puerta ha supuesto
realizar nuestras tareas vividas con dignidad
y vocación de servicio,
con la abnegación del que vuelve una y otra vez
a empezar sin aflojarle a la vida,
como si todo lo ya hecho fuera sólo un paso en el camino
hacia el Reino, plenitud de vida.

Pasar esta puerta ha supuesto
no sentir vergüenza de tener un corazón de niño que,
porque todavía cree en los imposibles, puede vivir la esperanza:
lo único capaz de dar sentido y transformar la historia.

Vivir este año que termina es pedir sin cesar,
orar sin desfallecer y adorar
para que se nos transfigure la mirada.

Pasar esta puerta de la fe es actuar,
confiar en la fuerza del Espíritu Santo
presente en la Iglesia y que también se manifiesta
en los signos de los tiempos,
es acompañar el constante movimiento de la vida
y de la historia sin caer en el derrotismo paralizante
de que todo tiempo pasado fue mejor.

Cruzar el umbral de la fe implica tener ojos de asombro
y un corazón no perezosamente acostumbrado,
capaz de reconocer que cada vez que una mujer da a luz
se sigue apostando a la vida y al futuro,
que cuando cuidamos la inocencia de los niños
garantizamos la verdad de un mañana
y cuando mimamos la vida entregada de un anciano
hacemos un acto de justicia y acariciamos nuestras raíces.

Pasar el umbral de la fe entraña la permanente conversión
de nuestras actitudes,
los modos y los tonos con los que vivimos;
reformular y no emparchar o barnizar,
dar la nueva forma que imprime Jesucristo
a aquello que es tocado por su mano
y su Evangelio de vida,
animarnos a hacer algo inédito por la sociedad
y por la Iglesia.

Pasar el umbral del año de la fe ahora nos lleva
a perdonar y saber arrancar una sonrisa,
a acercarnos a todo aquel que vive en la periferia existencial
y llamarlo por su nombre,
es cuidar las fragilidades de los más débiles
y sostener sus rodillas vacilantes
con la certeza de que lo que hacemos
por el más pequeño de nuestros hermanos
al mismo Jesús lo estamos haciendo.

Danos, Padre nuestro, la fe que necesitamos.
No podemos construir nuestra fe personal
en un diálogo privado contigo,
porque la fe nos ha sido dada por ti, Padre,
a través de una comunidad de creyentes que es la Iglesia,
y por lo tanto, nos inserta en la multitud de creyentes,
en una comunidad que no solo es sociológica,
sino que está enraizada en tu amor eterno
que en sí mismo es comunión del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo, que es Amor trinitario.

Nuestra fe es verdaderamente personal,
pero solo si es a la vez comunitaria puede ser “mi fe”;
solo si vive y se mueve en el “nosotros” de la Iglesia,
solo será nuestra fe,
nuestra fe común en la única Iglesia.

Señor y Padre nuestro:
Cruzar el umbral de la puerta fe
es vivir en el espíritu del Concilio Vaticano II
y en una Iglesia de puertas abiertas no sólo para recibir
sino fundamentalmente para salir
y llenar de Evangelio nuestras calles
y la vida de los hombres de nuestros tiempo.

Termina el Año de la Fe,
pero Tú, Señor, no nos dejas huérfanos,
sino que sigues viniendo a nuestra comunidad
y a nuestra historia de cada día.

¡Danos tu Santo Espíritu para no dejarte pasar de largo
y recibirte con entera confianza,
auténtico amor y esperanza cierta!

Aumenta nuestra Fe para contemplar con ojos limpios,
mirada lúcida y obediencia a la realidad
los grandes y crecientes conflictos
existentes en la historia de los hombres!
Que te veamos presente en la historia
de los hermanos que están en la cuneta del camino,
en los desheredados  de la tierra,
en los que soportan  impotentes las injusticias estructurales,
en los que languidecen por causa de las hambrunas y pandemias.

Que experimentemos confiados
que sigues viniendo una vez más a tu Iglesia,
cuando anunciamos la Buena Noticia del Reino,
cuando transmitimos la Fe con la fuerza del testimonio
y la verdad de tu Palabra.

¡Daños tu Espíritu de alegría,
para evangelizar con la misma ilusión
de los grandes misioneros del Evangelio!

¡Ven Señor Jesús, aumenta nuestra pobre y necesitada Fe!
¡Danos, como a la higuera, un año más para que fructifiquemos!
Si no damos frutos, arráncanos y tiranos.

¡Ven Señor Jesús, aumenta nuestra Fe
en los tiempos complejos que estamos viviendo
que obremos siempre con la misma caridad pastoral
que Tú tuviste, y que no seamos cobardes
para defender los valores evangélicos sin temer a nada ni a nadie.
¡Danos tu Espíritu y auméntanos nuestra pequeña fe
para testificar con parresía a comunión con todos los hombres!

Que tu advenimiento en este nuevo tiempo de gracia y conversión
te acojamos con verdaderas obras de amor!

Acaba el Año de la Fe: Comienza la tarea de ser una Iglesia
que vive, reza y trabaja en clave misionera.

Cruzar el umbral de la fe es, en definitiva,
aceptar la novedad de la vida del Resucitado
en nuestra pobre carne para hacerla signo de la vida nueva


Amén.

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